Libreto Litúrgico | Rito de Posesión Canónico de Párrocos


SANTA MISA SOLEMNE 
RITO DE POSESIÓN CANÓNICA
DE PÁRROCOS


Cuando llega al altar, se inclina profundamente con los ministros, besa el altar en señal de veneración e inciensa la cruz y el altar. A continuación, se dirige con los ministros a las sillas.

Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice: 
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 
℟. Amén.

Que el gozo y la paz de nuestro Buen Pastor resucitado nos acompañe en esta celebración, y estén con cada uno de ustedes.
℟. Y con tu espíritu.


LECTURA DE LOS NOMBRAMIENTOS

Abrazando con gratitud la vida este acontecimiento que enriquece la vida de nuestra arquidiócesis. Celebramos la posesión de varios sacerdotes que asumirán nuevos oficios en diversas parroquias de nuestra arquidiócesis de Guadalajara.

Estos hermanos reciben la misión de orientar servicios esenciales para la comunión diocesana y de acompañar como párrocos la vida cotidiana de las comunidades que hoy se les confían.

Pedimos al Señor que su espíritu los sostenga y los impulse en esta nueva etapa de entrega. El padre Christiam Joan Gómez y Robelo, vicario general, dará lectura a los decretos correspondientes a los oficios que hoy se encomiendan en el servicio parroquial, para que toda la comunidad diocesana pueda acompañarlos con su oración y cercanía fraterna.

Disponemos entonces el corazón para vivir esta Eucaristía como signo de esperanza en la misión que continúa. 


A continuación el Canciller, o algún delegado lee el nombramiento de los nuevos párrocos, mientras que todos escuchan sentados.


Luego de la lectura del nombramiento, todos responden:
Demos gracias a Dios.

GLORIA

ORACIÓN COLECTA
Oremos.

Señor, tú que te has querido poner a estos siervos tuyos al frente de tu familia no por sus méritos, sino por pura generosidad de tu gracia, concédeles realizar dignamente el ministerio sacerdotal y guiar, bajo tu amparo, la grey que les has confiado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:
Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA
(Jer 1, 4-9)

Lector: Lectura del libro del profeta Jeremías.
La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones.» Yo respondí: «¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven.» El Señor me dijo: «No digas: "Soy demasiado joven", porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene. No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte -oráculo del Señor-.» El Señor extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: «Yo pongo mis palabras en tu boca.»

Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.
 
SALMO RESPONSARIAL 
(Sal 22)

℟. El Señor es mi pastor, nada me faltará.

El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas. ℟.

Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me dan seguridad. ℟.

Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes. ℟.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término. ℟.

SEGUNDA LECTURA
(2 Cor 5, 14-20)

Lector: Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación. Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
 
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA!

Mientras tanto, el sacerdote, cuando se utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
℣.:
Padre, dame tu bendición.

El obispo dice en voz baja:
Pres.:
 
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
℣.: Amén.


EVANGELIO
(Jn 10, 11-18)
 
Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y dice:
℣.:
El Señor esté con ustedes.
℟.: Y con tu espíritu.

El diácono (o el sacerdote), dice:
Proclamación del santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, según san Juan.
y, mientras tanto, hace la señal de la cruz sobre el libro y luego sobre sí mismo, en la frente, la boca y el pecho.
℟.:
Gloria a ti, Señor.
 
Luego el diácono o el sacerdote, si procede, inciensa el libro y proclama el Evangelio.
℣.:
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor. El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Este es el mandato que he recibido de mi Padre.

Cuando termina el Evangelio, el diácono aclama:
Palabra del Señor.

El pueblo responde:
Gloria a ti, Señor.

Luego lleva el libro al Obispo, que lo besa en silencio y bendice al pueblo.
Despues hace una corta homilia.


PROFESIÓN DE FE Y JURAMENTO

El obispo:
Queridos hijos: Hoy se les encomienda la misión de apacentar el pueblo cristiano y de enseñarle lo que la Iglesia ha recibido de Jesucristo. Por ello, conviene que ahora, en presencia de este mismo pueblo que los escucharán, profesen públicamente aquella misma fe que les debes enseñar.

El nuevo párroco se arrodilla ante el Obispo y recita la siguiente profesión de fe: 
Yo, N., creo con fe firme y profeso todas y cada una de las cosas contenidas en el Símbolo de la fe, a saber:

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal.

Acepto y retengo firmemente, asimismo, todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas por la Iglesia de modo definitivo.

Me adhiero, además, con religioso obsequio de voluntad y entendimiento a las doctrinas enunciadas por el Romano Pontífice o por el Colegio de los Obispos cuando ejercen el Magisterio auténtico, aunque no tengan la intención de proclamarlas con un acto definitivo.

Inmediatamente terminada la profesión de fe, el nuevo párroco continúa de rodillas y hace el juramento de fidelidad. 

Yo, N., al asumir el Oficio de N. en la parroquia de N. , prometo mantenerme siempre en comunión con la Iglesia Católica, tanto en lo que exprese de palabra como en mi manera de obrar.

Cumpliré con gran diligencia y fidelidad las obligaciones a las que estoy comprometido con la Iglesia, tanto universal como particular, en la que he sido llamado a ejercer mi servicio según lo establecido por el Derecho. 

En el ejercicio del ministerio que me ha sido confiado en nombre de la Iglesia, conservaré íntegro el depósito de la fe y lo transmitiré y explicaré fielmente; evitando por tanto, cualquier doctrina que le sea contraria. 

Promoveré la disciplina común a toda la Iglesia y urgiré la observancia de todas las leyes eclesiásticas, ante todo aquellas contenidas en el Código de Derecho Canónico. 

Con obediencia cristiana acataré lo que enseñen los sagrados Pastores como doctores y maestros auténticos de la fe, y lo establezcan como guías de la Iglesia, y ayudaré fielmente al Obispo Diocesano para que la acción apostólica que he de ejercer en nombre y por mandato de la Iglesia, se realice siempre en comunión con ella. 

Luego colocando su mano derecha sobre el libro de los Evangelios que el Obispo tiene sobre sus manos, concluye diciendo: 
Que así Dios me ayude y estos Santos Evangelios que toco con mis manos.

Terminado el juramento y profesión de fe, el obispo lleva al nuevo párroco a firmar un documento histórico de la parroquia.

ORACIÓN UNIVERSAL

Integrados a través de la parroquia, en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo, oremos con fe al Señor que conoce cuáles son las verdaderas necesidades de su pueblo. A cada intención diremos: ¡Ven, Espíritu Creador!

1. Para que la fuerza del Espíritu Santo, que el Padre derramó sobre Jesús y Él comunicó a sus santos Apóstoles y por medio de ellos a los obispos, asista a nuestro arzobispo Sergio, y le conceda servir a Dios día y noche y apacentar fielmente esta nuestra Iglesia que le ha sido encomendada. Roguemos al Señor.

2. Para que Dios conceda a estos nuevos párrocos, que hoy inauguran su ministerio pastoral entre nosotros, la fuerza del Espíritu. Le dé un conocimiento profundo de la Palabra divina, le conceda enseñar a su pueblo con mansedumbre y santidad y otorgue ser en todo modelo de su rebaño. Roguemos al Señor. 

3. Para que Dios suscite en si Iglesia pastores que apacienten a los fieles de las diversas parroquias y comunidades diocesanas y sean celosos dispensadores de los misterios de Dios. Roguemos al Señor.

4. Para que Dios suscite en si Iglesia pastores que apacienten a los fieles de las diversas parroquias y comunidades diocesanas y sean celosos dispensadores de los misterios de Dios. Roguemos al Señor.

Escucha, Señor, la oración de tu Iglesia congregada en tu nombre y concede a estos siervos tuyos, que hoy han sido constituidos Pastores de esta comunidad, ser verdaderos imitadores de tu hijo, el Buen Pastor que entregó la vida por sus ovejas. Por Jesucristo nuestro Señor.

R. Amén.

LITURGIA EUCARÍSTICA

PRESENTACIÓN DE LOS DONES
 
El obispo, de pie en el centro del altar, dice:
Pres.: Oremos, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso

El pueblo se levanta y responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
 
Pres.:
Recibe Señor, estos dones que te ofrecemos y al mirar a tu hijo Jesucristo, Sacerdote y victima, concede a tus siervos que participan de su sacerdocio y hoy inauguran su ministerio en sus comunidades, la gracias de ofrecerse cada día como víctima agradable en tu presencia. Por Jesucristo nuestro Señor.

El pueblo aclama:
Amén.
 
PREFACIO
EL SACERDOCIO DE CRISTO Y EL MINISTERIO DE LOS SACERDOTES
 
El sacerdote comienza la plegaria eucarística con el prefacio. Dice:
El Señor esté con ustedes.
℟. Y con tu espíritu.

El sacerdote prosigue:
Levantemos el corazón.
. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

El sacerdote añade:
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟. Es justo y necesario.

El sacerdote prosigue el prefacio.
Pres.:
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Pues, por la unción del Espíritu Santo, constituiste a tu Unigénito pontífice de la nueva y eterna alianza, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.

Él no solo confiere la dignidad del sacerdocio real a todo el pueblo redimido, sino que, con fraternal predilección, elige a algunos hombres, para hacerlos, por la imposición de las manos, participes de su ministerio santo.

Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención humana, preparan para tus hijos el banquete pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con la palabra y lo fortalecen con los sacramentos.

Entregando su vida por Ti y por sus hermanos, tus sacerdotes, Señor, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor.

Por eso, Padre, con todos los ángeles y santos te alabamos, cantando con alegría:


SANTO


PLEGARIA EUCARÍSTICA III
 
El sacerdote dice:
Pres.:
SANTO eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
 
Pres.: Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que se conviertan en Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios.
 
El relato de la institución de la Eucaristía debe darse de forma clara y audible, como lo exige su naturaleza.
Pres.:
Porque el mismo, la noche en que iba a ser entregado,
Toma el pan y, manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, continúa:
tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos.

Muestra al pueblo la hostia consagrada, la coloca en la patena y hace una genuflexión en adoración.
 
El sacerdote prosigue:
Pres.: 
 Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
Toma el cáliz en sus manos y, manteniéndolo ligeramente elevado sobre el altar, continúa:
y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos.

Muestra el cáliz al pueblo, la coloca sobre su cuerpo y hace una genuflexión en adoración.
 
El sacerdote prosigue:
Pres.: Éste es el Misterio de la fe, Cristo nos redimió.
℟.: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

Después, el sacerdote, con las manos extendidas dice:
Pres.: Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección, y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
 
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
 
1C: Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen, Madre de Dios, su esposo, San José, los apóstoles y los mártires, [san Miguel Arcángel, San Marcos Evangelista, San Juan Bautista] y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.
 
2C: Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa León y Benedicto, a nuestro Arzobispo Sergio, su obispo auxiliar Sebastián, al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.
 
Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.

A nuestros hermanos difuntos, y a cuantos murieron en tu amistad, recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, por Cristo Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes.
 
Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
Pres.:
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
℟.:
Amén.

RITO DE COMUNIÓN
 
Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el sacerdote, con las manos juntas, dice:
Pres.:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza:

Junto con el pueblo, continúa:
℟.:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal

El sacerdote prosigue él solo:
Pres.: Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
El pueblo concluye la oración, aclamando:
℟.:
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el sacerdote dice en voz alta:
Pres.:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz les dejo, mi paz les doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.

El sacerdote añade:
Pres.:
La paz del Señor esté siempre con ustedes
℟.: Y con tu espíritu.

Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade: 
℣.: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.

Y cada uno, según la costumbre del lugar, se manifiesta entre sí paz, comunión y caridad; el sacerdote da la paz al diácono y a los demás ministros.
 
Luego, el sacerdote parte el pan consagrado sobre la patena y coloca un trozo en el cáliz, orando en silencio.

CORDERO DE DIOS

El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:
Pres.: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟.: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

COMUNIÓN

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
 
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración después de la comunión.
Pres.:
Oremos.
El sacerdote, con los brazos abiertos, dice la oración:
Que este sacrifico eucarístico que te hemos ofrecido y del cual hemos participado, santifique Señor a estos sacerdotes y a estos fieles, para que unidos a ti por un amor constante puedan servirte dignamente. Por Jesucristo nuestro Señor.

El pueblo aclama:
Amén.

RITO DE CONCLUSIÓN

BENDICIÓN SOLEMNE

El celebrante recibe la mitra y, extendiendo las manos, dice:  
El Señor esté con ustedes.

Todos responde:
Y con tu espíritu.

El Obispo dice:
Dios Padre, que por la resurrección de su Unigénito los ha redimido y les ha dado la gracia de la adopción filial los colme con el gozo de su bendición.

Todos responde:
Amén.

El Obispo dice:
Cristo, que por su redención les obtuvo la perfecta libertad, les conceda participar de la herencia eterna.

Todos responde:
Amén.

El Obispo dice:
Y ustedes, resucitados con él en el bautismo por la fe, por medio de una vida santa puedan llegar a la patria celestial.

Todos responde:
Amén.

Y bendice a todo el pueblo añadiendo:
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre , Hijo , y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Todos responde:
Amén.

Luego el diácono, o el sacerdote, despide al pueblo con una de las fórmulas siguientes:
La alegría del Señor sea nuestra fuerza, podemos ir en paz.
℟. Demos gracias a Dios.

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