SANTA MISA SOLEMNE

CON EL RITO DE
ORDENACIÓN DE UN DIACONO 
Y UN SACERDOTE

DEL SEMINARISTA
ANGEL ÁLAVA POZO

Y DEL DIÁCONO
LIAM DAVID CHARTUNI

PRESIDE
CARD. LUIS ROMÁN GALVÁN
ARZOBISPO METROPOLITANO
XI - IX - MMXXVI

                                                                  


RITOS INICIALES

Una vez reunido el pueblo, el  celebrante se dirige al altar con los ministros, durante el canto de entrada.

Llegado al altar y habiendo hecho la debida reverencia, besarlo en señal de veneración y, si procede, incensarlo. Luego todos van a las sillas.

El Obispo invoca a la Trinidad:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
        Amén
 
El obispo saluda al pueblo diciendo:
El Dios de la esperanza, que por la acción del Espíritu Santo nos colma con su alegría y con su paz, esté siempre con todos ustedes. 
       Y con tu espíritu.

ACTO PENITENCIAL
 
El sacerdote invita a el arrepentimiento al pueblo con la siguiente formula:
Con humildad pidamos perdón a Dios de todo corazón. 

Después el sacerdote o el diácono, u otro ministro, empleando éstas u otras invocaciones, con el Señor, ten piedad

Tú que eres el camino que conduce al Padre: Señor, ten piedad
    Señor, ten piedad.

Tú que eres la verdad que ilumina los pueblos: Cristo, ten piedad.
    Cristo, ten piedad.

Tú que eres la vida que renueva el mundo: Señor, ten piedad.
    Señor, ten piedad.
 
El sacerdote concluye con la siguiente plegaria:
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. 
    Amén. 

Y posteriormente se entona el himno del Gloria. 

ORACION COLECTA
 
Acabado el himno, el obispo, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Dios nuestro, que en tu providencia das pastores a tu pueblo, infunde en tu Iglesia el espíritu de piedad y fortaleza, que convierta a estos hijos tuyos en ministros dignos de tu altar, y los haga de ellos valientes y humildes defensores de tu Evangelio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
        Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA
 
PRIMERA LECTURA
(Ap. 21, 9b-14)

Pondrás a la tribu de Leví para servir al sacerdote Aarón
 
    Del libro de los Números 

El Señor dijo a Moisés:
Manda a la tribu de Leví que se acerque, y tú la pondrás a disposición del sacerdote Aarón, para servirlo. Ellos realizarán tareas para él y para toda la comunidad de Israel, delante de la Carpa del Encuentro, encargándose del servicio de la Morada. Tendrán a su cargo todo el mobiliario de la Carpa del Encuentro y realizarán tareas para los israelitas, encargándose del servicio de la Morada. Tu pondrás a los levitas a las órdenes de Aarón y de sus hijos: así ellos estarán dedicados a él exclusivamente, de parte de los israelitas.
 
Palabra de Dios.
        Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
(Sal 44)
 
    Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades.

SEGUNDA LECTURA
(Hch 6, 1-7b)

Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo
 
    - De los Hechos de los apóstoles 

Como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos.

Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra.»

La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos.

Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.
 
Palabra de Dios.
        Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
(Hb. 1, 1-2)
 
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
  
DIOS HABLÓ MUCHAS VECES Y DE MUCHAS MANERAS EN OTRO TIEMPO A LOS PADRES POR LOS PROFETAS, AHORA EN ESTOS TIEMPOS QUE SON LOS ÚLTIMOS NOS HA HABLA POR MEDIO DE SU HIJO.

ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
 
Mientras tanto, cuando se utiliza incienso, el obispo lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante él, pide en voz baja la bendición:
Padre, dame tu bendición.

El obispo dice en voz baja:
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo  y del Espíritu Santo.

El diácono hace la señal de la cruz y responde:
Amén.

EVANGELIO
(Lc 10, 1-9)

La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos
 
Después el que proclamará va al ambón, y dice:
El Señor esté con ustedes.
        Y con tu espíritu.

✠ Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
y, mientras tanto, hace la señal de la cruz sobre el libro y luego sobre sí mismo, en la frente, la boca y el pecho.
        Gloria a ti, Señor.
 
Luego el diácono o el sacerdote, si procede, inciensa el libro y proclama el Evangelio.

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!»Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes.»

Palabra del Señor.
        Gloria a ti, Señor Jesús.

Luego de besar el libro, lo lleva al obispo quien bendice al pueblo.
 
LITURGIA DE LA ORDENACIÓN

ELECCIÓN DEL CANDIDATO AL DIACONADO

Luego comienza la ordenación del diácono. El obispo, si procede, se acerca a la sede preparada para la ordenación y se presenta ante el elegido.

El diácono o un sacerdote designado llama al candidato:
Acérquese el candidato para el diaconado:
Ángel Alexander Álava Pozo

El elegido responde:
¡Presente!

Se acerca al obispo y hace una inclinación ante él. Estando el elegido de pie ante el obispo, el sacerdote designado dice:
Reverendísimo Padre, la Santa Madre Iglesia le pide que ordene diacono a este hermano nuestro.

El obispo:
¿Sabes si es digno?

El sacerdote:
Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al Pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados digno.

El obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el orden de los diáconos
    Demos gracias a Dios

HOMILÍA

Luego, estando todos sentados, el obispo pronuncia la homilía, en la que habla al pueblo y al elegido sobre el ministerio de los diáconos, comenzando con el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la Palabra.

PROMESAS DEL ELEGIDO AL DIACONADO

Terminada la homilía, el elegido se levanta y permanece de pie ante el obispo, quien lo interroga diciendo:
Queridos hijo: Antes de entrar en el Orden de los diáconos debes manifestar ante el pueblo tu voluntad de recibir este ministerio. ¿Quieres consagrarse al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?

El elegido:
Si, quiero.

El obispo:
¿Quieres desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diácono como colaborador del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?

El elegido:
Si, quiero.

El obispo:
¿Quieres vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y proclamar esta fe de palabra y obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?

El elegido:
Si, quiero.

Uno a uno se acercan al obispo, se arrodilla ante él y pone sus manos entre las del obispo.
¿Prometes obediencia y fidelidad a mí y a mis sucesores? 

El elegido:
Si, prometo.

El obispo:
Dios, que comenzó en ti la obra buena el mismo la lleve a término.

El elegido:
Amén.

ELECCIÓN DEL CANDIDATO AL PRESBITERADO

Luego comienza la ordenación del presbítero. El obispo, si procede, se acerca a la sede preparada para la ordenación y se presenta ante el elegido.

El diácono o un sacerdote designado llama al candidato:
Acérquese el candidato para el diaconado:
Liam David Chartuni

El elegido responde:
¡Presente!

Se acerca al obispo y hace una inclinación ante él. Estando el elegido de pie ante el obispo, el sacerdote designado dice:
Reverendísimo Padre, la Santa Madre Iglesia le pide que ordene presbítero a este hermano nuestro.

El obispo:
¿Sabes si es digno?

El sacerdote:
Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al Pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados digno.

El obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el orden de los presbíteros
    Demos gracias a Dios.

PROPÓSITO DEL ELEGIDO AL PRESBITERADO

Terminada la homilía, el elegido se levanta y permanece de pie ante el obispo, quien lo interroga diciendo:
Querido hijo: Antes de entrar en el Orden de los presbíteros es necesario que manifiestes ante el pueblo tu decisión de recibir este ministerio.
¿Quieres desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbíteros, como fiel colaborador del Orden episcopal, apacentando el pueblo del Señor bajo la guía del Espíritu Santo? 

El elegido:
Si, quiero.

El obispo:
¿Quieres desempeñar con dedicación y sabiduría el ministerio de la palabra en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica?

El elegido:
Si, quiero.

El obispo:
¿Quieres celebrar con piedad y fidelidad los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia?

El elegido:
Si, quiero.

El obispo:
¿Quieres implorar, junto con nosotros, la misericordia divina a favor del pueblo que les sea confiado, cumpliendo así el mandato de orar continuamente?

El elegido:
Si, quiero.

El obispo:
¿Quieres unirse cada día más estrechamente a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se entregó al Padre como víctima santa, y consagrarte a Dios junto con él para la salvación de los hombres?

El elegido:
Si, quiero.

Uno a uno se acercan al obispo, se arrodilla ante él y pone sus manos entre las del obispo.
¿Prometes obediencia y fidelidad a mí y a mis sucesores? 

El elegido:
Si, prometo.

El obispo:
Dios, que comenzó en ti la obra buena el mismo la lleve a término.

El elegido:
Amén.
SÚPLICA LITÁNICA

Todos se ponen de pie. El obispo, de pie, sin mitra y con las manos juntas, mirando al pueblo, los invita a:
Pidamos, queridos hermanos y hermanas, a Dios Padre todopoderoso, para que otorgue abundantemente su gracia sobre estos siervos suyos, llamados al orden.

El elegido se postra y se cantan las letanías. Todos se ponen de rodillas.

Cuando termina la letanía, solo el obispo se levanta y dice, con las manos extendidas:
Señor Dios, escucha nuestras súplicas y acompaña con tu gracia a estos siervos tuyos, a quien hemos juzgado dignos del ministerio; santifícalos con tu bendición y, por medio de esta ordenación, hazlos fieles servidores de tu Iglesia.
    Amén.

Todos se ponen de pie.

IMPOSICIÓN DE MANOS 
PLEGARIA DE ORDENACIÓN PARA EL DIACONO

El elegido se levanta; se acerca al obispo, que está de pie ante la cátedra, vistiendo la mitra; y se arrodilla ante él.

En silencio, el obispo impone sus manos sobre la cabeza del elegido.

Con el elegido arrodillado ante él, el obispo, sin su mitra, con las manos extendidas, dice la oración de ordenación:

Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro – palabra, sabiduría y fuerza tuya-, con providencia eterna todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene. 

A tu Iglesia, cuerpo de Cristo, enriquecida con dones celestes variados, articulada con miembros distintos y unificada con admirable estructura por la acción del Espíritu Santo, la haces crecer y dilatarse como templo nuevo y grandioso. 

Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros encargados de tu servicio. 

Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el pueblo, a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la palabra. 

Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a este tu siervo, a quien consagramos humildemente para el orden del diaconado y el servicio de tu altar 

ENVÍA SOBRE ÉL, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE, FORTALECIDOS CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES, DESEMPEÑE CON FIDELIDAD EL MINISTERIO. 

Que resplandezca en el un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales.
 
Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, persevere firme y constante con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido sino a servir, merezca reinar con él en el cielo.

POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, TU HIJO, QUE VIVE CONTIGO EN LA UNIDAD DEL ESPÍRITU SANTO Y ES DIOS POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.
    Amén.

ENTREGA DE EL LIBRO DE LOS EVANGELIOS 

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El obispo se pone la mitra. El nuevo diácono se levanta. Algunos diáconos u otros ministros le imponen la estola diaconal, colocándola desde el hombro izquierdo, atravesando el pecho hacia el lado derecho, y lo revisten con la dalmática.

Mientras se realiza la investidura, se puede cantar un himno apropiado.

Una vez revestido con las vestiduras diaconales, el nuevo diácono se acerca al obispo y se arrodilla ante él. El obispo entrega al nuevo diácono el libro de los Evangelios, diciendo:
Toma y acepta el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas.

El elegido: 
Amén

El obispo saluda al ordenado:
La paz sea contigo.

El elegido:
Y con tu espíritu

IMPOSICIÓN DE MANOS
PLEGARIA DE ORDENACIÓN PARA EL PRESBÍTERO

El elegido se levanta; se acerca al obispo, que está de pie ante la cátedra, vistiendo la mitra; y se arrodilla ante él.

En silencio, el obispo impone sus manos sobre la cabeza del elegido.

Con el elegido arrodillado ante él, el obispo, sin su mitra, con las manos extendidas, dice la oración de ordenación:

Asístenos, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, autor de la dignidad humana y dispensador de todo don y gracia; por ti progresan tus criaturas y por ti se consolidan todas las cosas. Para formar el pueblo sacerdotal, tú dispones con la fuerza del Espíritu Santo en órdenes diversos a los ministros de tu Hijo Jesucristo.

Ya en la primera Alianza aumentaron los oficios, instituidos con signos sagrados. Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente de tu pueblo, para gobernarlo y santificarlo, les elegiste colaboradores, subordinados en orden y dignidad, que les acompañaran y secundaran. 

Así, en el desierto, diste parte del espíritu de Moisés, comunicándolo a los setenta varones prudentes, con los cuales gobernó más fácilmente a tu pueblo. 

Finalmente, cuando llegó la plenitud de los tiempos, enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo, Jesús, Apóstol y Pontífice de la fe que profesamos. Él, movido por el Espíritu Santo, se ofreció a ti como sacrificio sin mancha, y habiendo consagrado a los apóstoles con la verdad, los hizo partícipes de su misión; a ellos, a su vez, les diste colaboradores para anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la salvación.

También ahora, Señor, te pedimos nos concedas, como ayuda a nuestra limitación, este colaborador que necesitamos para ejercer el sacerdocio apostólico.

TE PEDIMOS, PADRE TODOPODEROSO, QUE CONFIERAS A ESTE SIERVO TUYOS LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO; RENUEVA EN SU CORAZÓN EL ESPÍRITU DE SANTIDAD; RECIBA DE TI EL SEGUNDO GRADO DEL MINISTERIO SACERDOTAL Y SEA, CON SU CONDUCTA, EJEMPLO DE VIDA. 

Sea honrados colaboradores del Orden de los Obispos, para que por su predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres, y llegue hasta los confines del orbe.

Sea con nosotros fieles dispensadores de tus misterios, para que tu pueblo se renueve con el baño del nuevo nacimiento, y se alimente de tu altar; para que los pecados sean reconciliados y sean confortados los enfermos.

Que en comunión con nosotros, Señor, implore tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero. Así todas las naciones, congregadas en Cristo, formarán un único pueblo tuyo que alcanzará su plenitud en tu Reino.

POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, TU HIJO, QUE VIVE CONTIGO EN LA UNIDAD DEL ESPÍRITU SANTO Y ES DIOS POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.
    Amén.

UNCIÓN DE LAS MANOS Y
ENTREGA DEL PAN Y DEL VINO

Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Obispo recibe la mitra. El ordenado se levanta. Los presbíteros presentes vuelven a su puesto; pero uno de ellos coloca a al ordenado la estola al estilo presbiteral y le viste la casulla.

Luego, el Obispo toma el gremial y, oportunamente informado el pueblo, unge con el sagrado crisma las palmas de las manos del ordenado, arrodillado ante él, diciendo: 
Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio.

El elegido:
Amén

A continuación, los fieles llevan el pan sobre la patena y el cáliz ya con el vino y el agua, para la celebración de la Misa. El diácono lo recibe y se lo entrega al  Obispo, quien a su vez lo pone en las manos del ordenado, arrodillado ante él, diciendo:
Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Advierte bien lo que vas a realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura toda tu vida con el misterio de la cruz del Señor.

El obispo saluda al ordenado:
La paz sea contigo.

El elegido:
Y con tu espíritu

La celebración continúa como de costumbre.


LITURGIA EUCARÍSTICA
 
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.
 
El obispo, de pie ante el altar, recibe la patena con el pan en las manos y, levantándola un poco por encima del altar, dice la oración:
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida. 
 
Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal. El diácono o sacerdote vierte vino y un poco de agua en el cáliz, orando en silencio.

Luego, el obispo recibe el cáliz en sus manos y, levantándolo un poco por encima del altar, dice la oración: 
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.

Luego, coloca el cáliz sobre el corporal.
 
Luego el obispo, profundamente inclinado, reza en silencio. Y, si procede, inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después, el diácono u otro ministro inciensa al celebrante y al pueblo.
 
El obispo, de pie en el centro del altar, dice:
Oren, hermanos, para que, trayendo al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso.
        El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
 
Luego el obispo dice la oración sobre las ofrendas:
Padre santo, tu Hijo quiso lavar los pies a sus discípulos para darnos ejemplo; recibe los dones que te presentamos en esta liturgia y, al ofrecernos como víctima espiritual, concédenos crecer en humildad y abnegación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
        Amén.

PREFACIO
Cristo, Origen De Todo Ministerio Eclesial
 
Entonces comienza la plegaria eucarística con el prefacio. Dice:
El Señor esté con ustedes.
        Y con tu espíritu.

Levantemos el corazón.
        Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
        Es justo y necesario.

Prosigue el prefacio.
    - 
En verdad es justo y necesario, alabarte y darte gracias, Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso, de quien proviene toda paternidad en la comunión del Espíritu.

En tu Hijo Jesucristo, sacerdote eterno, siervo obediente, pastor de los pastores, has puesto el origen y la fuente de todo ministerio, según la viva tradición apostólica conservada en tu pueblo que peregrina en la historia.
 
Tú eliges dispensadores de los santos misterios con variedad de dones y carismas, para que en todas las naciones de la tierra se ofrezca el sacrificio perfecto y, con la Palabra y los sacramentos se edifique la Iglesia, comunidad de la nueva alianza, templo de tu gloria.

Por este misterios de salvación, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos con gozo el himno de tu alabanza:

En unión con el pueblo, concluye el prefacio, cantando el himno "Santo".

PLEGARIA EUCARÍSTICA II
 
El obispo dice:
Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y  la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.
 
Él cual, cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada,

Toma el pan y, manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, continúa:
tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

Muestra al pueblo la hostia consagrada, la coloca en la patena y hace una genuflexión en adoración.
 
Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz en sus manos y, manteniéndolo ligeramente elevado sobre el altar, continúa:
tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL, PORQUE ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA QUE SERÁ ENTREGADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

Muestra el cáliz al pueblo, la coloca sobre su cuerpo y hace una genuflexión en adoración.
 
El obispo prosigue:
Éste es el Sacramento de la fe.
    Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Después, el obispo, con las manos extendidas dice:
Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el Pan de Vida y el Cáliz de Salvación, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.

Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo.

    1C: Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra y con el Papa Benedicto, con nuestro Obispo Luis Rom. llévala a su perfección por la caridad. Acuérdate también de estos hijos tuyos que hoy has constituido presbíteros y diáconos de la Iglesia y de todos los pastores que cuidan de tu pueblo.
 
    2C: Acuérdate también de nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro. 

Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.
 
El Obispo celebrante toma la patena con el pan consagrado y entrega el cáliz a otro ministro y, sosteniéndolos elevados, dice:
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
        Amén.

RITO DE COMUNIÓN
 
Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el obispo, con las manos juntas, dice:
Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que Cristo nos enseñó:
        Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

El celebrante prosigue él solo:
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
        Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el obispo dice en voz alta:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz les dejo, mi paz les doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
        Amén.

Y añade:
La paz del Señor esté siempre con ustedes
        Y con tu espíritu.

Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade: 
- Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.

Y cada uno, según la costumbre del lugar, se manifiesta entre sí paz, comunión y caridad; el sacerdote da la paz al diácono y a los demás ministros.
 
Luego, el sacerdote parte el pan consagrado sobre la patena y coloca un trozo en el cáliz, orando en silencio.
 
Se canta o se dice el Cordero De Dios.
 
El celebrante hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
        Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
 
Después de comulgar, los ministros se acercan a los que quieren comulgar y les presenta el pan consagrado, diciendo a cada uno de ellos:
El Cuerpo de Cristo.
         Amén.

Al terminar de repartir la comunión, el obispo puede ir a la sede. Si se juzga oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza.
 
Y todos oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN ESPIRITUAL
 
Todos rezan la Oración:
Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Pero como ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, ven a lo menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. ¡Oh, Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti! Amén.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
 
Después el obispo, con las manos extendidas, dice la oración después de la comunión.
Oremos.
Padre, concede a tus hijos, alimentados con esta eucaristía, ser fieles ministros del Evangelio, de los sacramentos y de la caridad, para gloria tuya y salvación de los creyentes. Por Jesucristo, nuestro Señor.
        Amén.


RITO DE CONCLUSIÓN
 
BENDICIÓN SOLEMNE
 
En este momento se hacen, si es necesario y con brevedad, los oportunos anuncios o advertencias al pueblo.
 
El Obispo, con las manos extendidas sobre los presbíteros y diáconos recién ordenados y sobre el pueblo, dice:
El Señor esté con ustedes.
        Y con tu espíritu.

Bendito sea el nombre del Señor.
        Ahora y para siempre

Nuestro auxilio es el nombre del Señor.
        Que hizo el cielo y la tierra.

Dios Padre, que dirige y gobierna la Iglesia, los guíe siempre con su gracia para que cumplan fielmente el ministerio.
        Amén.

A ti, presbítero, Dios te haga pastor verdadero que distribuya la Palabra de la vida y el Pan vivo, para que los fieles crezcan en la unidad del cuerpo de Cristo.
        Amén.

Él, que te ha confiado como diácono, la misión de predicar el Evangelio de Cristo, les ayude a vivir según su Palabra para que sean testigos fervorosos y servidores de la caridad.
        Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, del Padre , del Hijo y del Espíritu Santo , descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
        Amén.
 
Luego el diácono, o algún ministro, despide al pueblo, diciendo:
Pueden ir en paz.
        Demos gracias a Dios.

Después el sacerdote se retira a la sacristía.

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